La reforma laboral y los santos inocentes

Teresa Rodríguez. Portavoz de Adelante Andalucía y diputada en el Parlamento andalúz

De esto ni una palabra, ¿oyes?,
en estos asuntos de los señoritos,
tú, oír, ver y callar

(Los santos inocentes)

Hoy 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, el Gobierno de coalición aprueba como Decreto Ley el acuerdo alcanzado con CCOO, UGT y la Patronal para cambiar algunos elementos de la reforma laboral de Rajoy. Este asunto es de vital importancia para el presente y el futuro de Andalucía dado que encabezamos las estadísticas de desempleo, bajos salarios, temporalidad, parcialidad no deseada, subcontratación, brecha salarial entre hombres y mujeres y todos los indicadores relacionados con precariedad y explotación laboral. De esta forma, cuando se han arrancado sucesivas subidas del salario mínimo interprofesional hemos salido a aplaudir como en los peores días del confinamiento, pero ahora, con esta propuesta, totalmente insuficiente para Andalucía, no tenemos otra que emitir nuestra crítica.

Los Santos Inocentes es una obra maestra del cine de los años ochenta basada en la novela homónima de Miguel Delibes en la que se refleja la vida de una familia de subordinados en un cortijo extremeño de los 60. La película es durísima, solo al verla dos veces me di cuenta de que lo más duro de la peli no son las condiciones de humillación semi esclava con que los “amos” tratan a sus trabajadores y la oscura miseria en que viven, las condiciones objetivas, lo más duro es que no hay rebelión posible porque no hay cuestionamiento alguno sobre las relaciones sociales, sobre el estado de las cosas, o sea, las condiciones subjetivas.

Este artículo va especialmente dirigido a quienes pensáis que la llamada “derogación parcial” de la contrarreforma laboral del PP es limitada pero mejor que nada. Que es un pasito adelante, un granito de arena. No quiero confrontar con argumentos del tipo “se trata de un acuerdo histórico”, “estamos ante un cambio de paradigma” de las relaciones laborales en nuestro país o con este acuerdo “pasamos página a la precariedad laboral”. Tampoco utilizaré términos como “traición” ni tiraré de hemeroteca para desprestigiar personalmente a nadie. Las llamadas “batallas del relato” no sirven para nada, no dan de comer a nadie y, además, son una pérdida de tiempo. De hecho, porque conozco y respeto a algunas de ellas, creo que quienes están en el triunfalismo son personas que saben perfectamente que se trata de una reforma excesivamente limitada, pero abrazan con esperanza la idea de que, al menos, empezamos a dar marcha atrás en algunos de los ataques más duros de los “años del plomo del PP”, la triada: reforma laboral, ley mordaza, LOMCE.

Hay un poema de Eduardo Galeano que abriga los corazones desasosegados de quienes tienen la ardua labor de tratar de gestionar políticas en el apretado corsé de las actuales instituciones del Estado y la Unión Europea. El poema se llama Son cosas chiquitas y reconoce que esas cosas chiquitas “no acaban con la pobreza ni nos sacan del subdesarrollo”, pero concede que “quizá desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos” y que “actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito es la única manera de probar que la realidad es transformable”. Lo de que son cambios chiquitos resulta evidente solo viendo las reacciones generadas. Dejando de lado el tweet primario y sin mayor interés de ese histrión -peligroso en general, pero en el tema que nos ocupa inocuo por el momento- llamado Casado, las declaraciones políticas de los que apoyan el acuerdo no pueden ser más discordantes.

Por un lado, nos encontramos con el optimismo hiperbólico del equipo de la Ministra de empleo, de algunos -que no todos- de los partidarios del Gobierno y de los portavoces de los sindicatos firmantes. Por otro, y celebrando el resultado, los portavoces de la Patronal, la ministra de Trabajo en tiempos de Rajoy Fátima Báñez y los medios de comunicación de forma muy mayoritaria hablan de cambios limitados, incluso de maquillaje de la reforma de 2012 o consideran un éxito de los empresarios que no se haya modificado el artículo 41 del Estatuto de los Trabajadores. Incluso Ciudadanos no ha descartado apoyar la reforma si el Gobierno no tuviera en el Congreso los apoyos habituales. Por su parte, el presidente Sánchez y su ministra de cabecera Nadia Calviño, tras subordinar una vez más a UP, se han frotado las manos por poder presentar ante la UE “hechos los deberes”. Deberes impuestos en el programa de reformas contenido en el llamado Componente 23 del Plan de Recuperación, Transformación y Resilienciapara poder acceder al libramiento condicionado de 12.000 millones de euros correspondientes a los Fondos Next Generation que irán a parar a las arcas de las grandes empresas para fines bien diferentes a los que podrían interesar a la mayoría social. Lo de Pachá se va a quedar en nada. Porque sí, señoras y señores, los dineros de Europa no vienen llovidos del cielo sino a cambio de reformas estructurales antisociales impuestas por las élites europeas como la no derogación de la reforma laboral del PP o los recortes en las pensiones.

Esas son algunas de las reacciones a la propuesta de modificación de la reforma laboral del PP, pero es que incluso, afirmo sin miedo a equivocarme, que quienes están en el triunfalismo también saben que estamos hablando de cambios bien chiquitos, lo saben porque estuvieron en primera fila de las dos últimas huelgas generales batiéndose el cobre y lo saben también porque cada día enfrentan los efectos de las dos últimas reformas laborales en los tajos y en los tribunales. Llegados a este punto una pregunta razonable sería ¿estos cambios chiquitos en la reforma laboral van a desencadenar “la alegría de hacer” de la que hablaba Galeano? ¿O por el contrario esta estrategia va a resultar desmovilizadora y contraproducente? La cosa es, ¿seguiremos hablando de la necesidad de derogar las reformas laborales después de que quienes llegaron al Gobierno con esa tarea la den por concluida? Creo que no. Más bien, la generación que hoy se incorpora al mercado laboral ya lo hace asumiendo que la precariedad y la sobreexplotación forma parte del estado normal de las cosas en los curros. Un amigo de mi edad me contaba el otro día que trabaja doce horas al día en una empresa de transportes por algo más de 1.000 € que es el menos joven de su plantilla y que ninguno de sus compañeros cuestiona esa forma de trabajar. Como en Los Santos Inocentes, de aceptar de forma fatalista que lo que hay es lo único posible, la rebelión contra lo injusto es imposible.

El problema nuevo que aparece con esta reforma chiquita es que se da de alguna manera por zanjado el asunto de la derogación. Es decir, que por cambiar dos cosas muy concretas como la ultraactividad de los convenios y la prevalencia del convenio de sector (sólo en lo referido al sueldo), damos por buenos elementos como el abaratamiento del despido, la barra libre para los ERE, no tener que justificar los despidos objetivos más que con tener menos beneficios, aunque sean millonarios, la barra libre en la movilidad geográfica de las plantillas, la pérdida del derecho a los salarios de tramitación cuando un tribunal te da la razón en tu despido o dejar de poder elegir si reincorporarte a la empresa o cobrar la, normalmente, nimia indemnización por despido ante un despido improcedente. El problema nuevo que genera esta reforma chiquita lo genera, no tanto su carácter parcial y limitado, sino el propio triunfalismo de que se acompaña, la idea de que lo que aprobó la Patronal de la mano del PSOE primero y del PP después sin necesidad de más consenso y a pesar de dos huelgas generales, adquieren toda la legitimidad por fin de manos de CCOO, UGT y el “gobierno de progreso”.

Hay un dato relevante en este proceso. El PP con Rajoy en la Moncloa no perdió un minuto negociando con las fuerzas sindicales sus planteamientos que, en definitiva, eran reforzar el poder patronal en las relaciones laborales. El Gobierno de coalición se ha embarrancado en llegar a un acuerdo previo con las patronales dándoles un poder de veto legislativo al margen de la votación de la ciudadanía en las pasadas elecciones generales. Con esa orientación, como en el casino, la banca siempre gana. Las dos últimas reformas laborales de Zapatero y Rajoy, con efectos terribles para la gente trabajadora, se aprobaron sólo para beneplácito de la Patronal y ahora, para deshacer ese entuerto, ¿tenemos que hacerlo con el acuerdo de los grandes empresarios?, ¿por qué? Se dice que la reforma no tiene mayoría suficiente para pasar el trámite parlamentario porque los socios de investidura de Sánchez acordaron mucho más de lo planteado ahora, pero que una propuesta algo más ambiciosa dejaría de tener el apoyo de la Patronal, y digo yo, ¿acaso la Patronal se presentó a las elecciones y tiene un grupo parlamentario? No pero casi. La gran Patronal ya tiene en el Congreso tres partidos que defienden sus intereses a pies juntillas: el PP, Cs y Vox, así como las derechas catalana y vasca, pero se supone que las derechas perdieron las elecciones ¿no?, se supone que la ciudadanía votó mayoritariamente programas electorales que decían claramente que se iba a “derogar en su totalidad la reforma laboral de Rajoy”.

Me pregunto si acaso, no estará el PSOE a puerta cerrada condicionando su apoyo a la reforma a la conciliación con los intereses del gran capital, una vez más. En ese caso, nada descartable, quizá una actitud intermedia hubiera sido: “tenemos la fuerza que tenemos en este Gobierno, el PSOE no nos deja ir más allá, la Unión Europea nos chantajea con los fondos Next Generation, hemos hecho todo lo posible en este marco, pero queremos, un día, cambiar el marco y hacer aquello que estamos llamados a hacer. Sigue pendiente derogar las reformas laborales y sacar la precariedad de nuestras vidas”. Pero con el triunfalismo se renuncia a la pedagogía y a la estrategia a medio plazo para acabar abrazando el maldito granito de arena como la gran cosa.

Eso es lo contraproducente, lo desmovilizador, lo que, finalmente, lejos de “probar que la realidad es transformable” lo que prueba es que no se puede aspirar a más transformación de la realidad que la que la gran Patronal y la oligarquía europea estén dispuestas a permitirnos, que es ninguna. Esta estrategia que consideramos errónea explica también cómo la Ley Celaà o la nueva Ley de Seguridad Ciudadana no son más que una consolidación de la LOMCE y la Ley Mordaza, una ruptura definitiva del amplio consenso social y político que teníamos en la necesidad de derogarlas, derogarlas de verdad.

No, no es verdad, como se repite, que las y los trabajadores y el pueblo de Cádiz lucháramos para conseguir lo acordado por Gobierno, patronales, CCOO y UGT. Precisamente una importante parte de sus aspiraciones no caben en el acuerdo suscrito. Como tampoco han sido satisfechas las esperanzas de quienes hicieron las huelgas generales y de quienes votaron al partido socialista y a UP, o se alegraron al formarse el Gobierno. Un trabajador del metal de Cádiz se quejaba el otro día diciendo “nosotros luchamos y los burócratas firman sin preguntarnos. Y luego, a quienes nos quedamos diciendo “se puede hacer algo más”, “no es suficiente”, “queremos más”, somos tachados de destructores, de maximalistas, de sectarios”. A nosotras nos pasa lo mismo y creo que esa actitud es una piedra enorme en su propio zapato porque al final parecen pretender que toda la crítica al “gobierno de progreso” venga de la derecha. Y así ocurre que parece que la timorata Ley Celaà es la reforma educativa de la IIª República y que la impresentable nueva Ley de Seguridad Ciudadana deja a la policía desarmada en manos de los manifestantes, ese es el único mensaje que queda en la calle y la opinión pública.

Precisamente quienes están en minoría en el Gobierno empeoran así su posición ya que el PSOE siempre podrá esconderse tras una supuesta “opinión pública desfavorable” por la derecha para incumplir sistemáticamente el acuerdo de Gobierno. Una estrategia que pretenda arrancar el máximo posible a un Gobierno de coalición debería poder apoyarse en una crítica externa “a la izquierda” para ganar espacio en el seno del propio Gobierno, debería buscar alianzas fuera. A no ser que el objetivo sea la reproducción de un aparato partidario o sindical en un pretendido monopolio de todo el espacio del cambio.

Pero de todo, lo jodidamente irresponsable es que se permite a Vox crecer en los barrios obreros, se les regala el monopolio de la indignación y del desencanto, porque en los pozos negros de las contradicciones y los incumplimientos de la izquierda se alimenta la plaga del ultraderechismo. Como no podemos enfrentarnos a los de arriba, como firmamos con ellos las condenas que nos someten, como somos los Santos Inocentes que llevan en la medula el respeto a la jerarquía, tocará enfrentarnos a las de abajo por las migajas que caigan de sus mesas de diálogo, tocará que los penúltimos le disputen a los últimos los escasos y precarios contratos, si no lo quieres tú ya vendrá otro, tocará disputarnos las escasas ayudas, las viviendas sociales, las becas… No, no es un grano de arena, es un puto alud que nos enterrará a todos. Ojalá me equivoque. Por nuestra parte, desde la izquierda y desde el sur construiremos el espacio político que consiga poner en el centro los intereses de las mayorías sociales de nuestra tierra: pan, trabajo (digno), techo y dignidad, que al fin y al cabo son los intereses de las mayorías sociales de todo el país y de Europa. Andalucía necesita de una valentía extra para mejorar, lo demás es cloroformo.

ATTAC Acordem no se identifica necesariamente con las opiniones expresadas en los artículos, que son responsabilidad de los autores de los mismos.

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