El FMI desembarca en el Norte

7 abril 2010 | Categories: Opinió |


Jérôme Duval*

Diagonalweb

El 20 de agosto de 1982 México fue el primero de una larga lista de países ‘en desarrollo’ que ya no pudo reembolsar una deuda descomunal. El FMI apareció en escena como un prestamista de último recurso y, cual bombero pirómano, repartió sus préstamos con el fin de reembolsar a los acreedores. Esos préstamos están condicionados a un programa de ajuste que impone medidas estructurales y medidas de choque: privatizaciones masivas; liberalización de la economía y apertura de los mercados; reducción drástica de los presupuestos sociales; supresión de las subvenciones a los productos básicos; desarrollo de monocultivos de exportación en detrimento de los cultivos para consumo propio; incremento de los tipos de interés para atraer capitales…

Como ya pronosticaba Michel Camdessus, director del FMI entre 1987 y 2000: “Todas las trabas a la liberalización del comercio serán suprimidas, dejando a las empresas en libertad de producir y exportar sus productos como quieran y como decida el mercado”. El mecanismo sutil de un neocolonialismo económico se instala a largo plazo: el servicio de la deuda viene a engrosar a los acreedores y las políticas instauradas en los países con acuerdos con el FMI pasan por el control de Washington. Ya no hay soberanía: las instituciones financieras internacionales imponen la voluntad de los acreedores y abren el camino a las multinacionales, la mayor parte de las cuales tiene sede en el Norte. Para demostrar la omnipotencia del FMI, recordemos que el brasileño Lula tuvo que firmar una carta comprometiéndose a respetar los acuerdos pasados entre su país y el FMI antes de su llegada al poder en 2002.

Crisis de legitimidad

Muchos países en desarrollo, que eran autosuficientes en productos alimentarios a principios de los años ‘80 (como Haití con el arroz), hoy tienen que importar los alimentos necesarios para su población. La agricultura subvencionada de los países occidentales ha inundado el Sur, arruinando a decenas de miles de familias y expulsándolas de sus tierras hacia barriadas de chabolas. También Senegal tiene que importar todos los ingredientes de su plato nacional, el pollo Yassa. Cuando los especuladores se abalanzan sobre esos productos en la Bolsa de Chicago, como ocurrió en 2008, cuando los precios se multiplicaron en los mercados locales y decenas de países se vieron en situaciones dramáticas de hambruna.

Como consecuencia del abandono de las subvenciones a productos de primera necesidad impuesto por el FMI, los movimientos de oposición se han multiplicado en el último cuarto de siglo. Los disturbios contra el FMI estallan a intervalos regulares en el Sur. Por ejemplo en Perú, en 1991, cuando el precio del pan se multiplicó por 12 en una noche, o el de Caracazo (Venezuela), en 1989, tras la aplicación de un plan de ajuste estructural que terminó con tres días de disturbios que ocasionaron numerosos muertos.

Ante la impopularidad de las condiciones vinculadas a sus préstamos, varios países (Brasil, Argentina, Uruguay, Indonesia, Filipinas, Turquía…) reembolsaron anticipadamente su deuda con el FMI a principios del siglo XXI. El saldo pendiente de los créditos del FMI cayó en picado y, en primavera de 2008, la institución se vio obligada a despedir a 380 empleados y a vender parte de su oro. Por otra parte, la institución se enfrenta a una grave crisis de legitimidad y los tres últimos directores del FMI han dimitido antes del final de su mandato.

El FMI y la crisis

En el G-20 de Londres de abril de 2009, el FMI vio triplicarse sus recursos con el fin de que pudiera multiplicar sus préstamos en todas las direcciones. Las condiciones son severas en todas partes: reducción o congelación de los salarios de los funcionarios, reducción de las pensiones de jubilación, privatización de las empresas públicas, etc. Una decena de países de Europa del Este ha abierto líneas de crédito con el FMI en menos de un año, y en Ucrania se espera la visita de una delegación del Fondo a finales de marzo. Si Letonia quiere seguir recibiendo financiación del FMI y de la UE, debe tomar la decisión de reducir un 20% los salarios de los funcionarios y un 10% las pensiones de jubilación. Esas políticas suscitan reacciones de la población, que se echa a la calle: huelgas generales que se suceden en Grecia, manifestaciones de profesores en Letonia, de funcionarios en Rumanía, o el rechazo por referéndum del 90% de la población islandesa a reembolsar una deuda que consideran ilegal…

John Lipsky, el número dos del FMI y ex alto cargo de la banca JP Morgan, previno a los países desarrollados de que deben preparar a la opinión pública para las próximas medidas de austeridad, como la disminución de los subsidios por enfermedad y de la jubilación. Si los pueblos no se oponen tenaz e inmediatamente a las exigencias del FMI y de los gobiernos del Norte al servicio de los mercados financieros, tendrán lugar unas regresiones sociales de gran alcance que es urgente impedir.

* Jérôme Duval es miembro del CADTM internacional (Traducción Cristina Ridruejo)

El consenso de Washington

Hoy en día, son 186 los países miembros del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, instituciones cuyas sedes están a dos pasos la una de la otra, y cerca de la Casa Blanca, en la capital de EE UU. Esa cercanía es también ideológica: ambas promueven el famoso Consenso de Washington, cuyos diez mandamientos son prescritos a los países sobreendeudados mediante planes de ajuste estructural como contrapartida a nuevos préstamos. Su funcionamiento, que sigue la regla “un dólar, un voto”, permite que esas dos instituciones sean controladas por los países ricos, especialmente EE UU, que por sí mismos disponen de una minoría de bloqueo.

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